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7月24日 WH Auden: 'Twelve Songs IX' ('Funeral Blues')
April 1936 Stop all the clocks, cut off the telephone,
5月21日 IKER
De cuando estuve loco aún conservo un mar tranquilo, una estación de tren, 19 despedidas, 500 soledades un mapa para seguirte la pista, muchos sobres con tu nombre, y una carta que nunca te escribí (15/11/02)
5月18日 Texto de Iker "Antes de que existiera en Chat"“Hola Fina. Es que tengo un problema, bueno no es exactamente eso... es una duda. Verás, conocí a un chico a través del Chat, pero el vive muy lejos de mi cuidad y no se que hacer. Además yo tengo novio y...”. Dio un manotazo hacia atrás, silencioso pero preciso. Lo suficiente para acertarle al botón de la radio y no seguir escuchando la apasionante vida de aquella chica. Empezaba a aburrir ya todas las historias de parejitas que se conocen por Internet, que si las relaciones a distancia, que si no le conozco pero le quiero... Pensó todo esto en el tiempo que tardó en girar la cabeza hacia el otro lado de la almohada. Intentó dormirse. Otras veces el truco de la voz suave de la radio le funcionaba muy bien. Pero aquella última llamada le había despertado y la cabeza seguía su ritmo, sin obedecer las órdenes de parada y sueño. Parece como si antes de que existiera el Chat los demás fuéramos unos sosos aburridos, masculló mientras se levantaba de la cama resignado a no dormir todavía. Chico conoce chica en la universidad, o en el trabajo, o por la noche... todo aquello había quedado desfasado, sin gracia. Ahora, quien más quien menos tenía una amiga en la otra punta del planeta. Dibujó unas comillas en el aire para acompañar la palabra amiga. Se sentó frente a la mesa de madera y encendió la pequeña lámpara. La cama quedaba ahora entre penumbras. Pues resulta, continuó en voz tan baja que solo él podía oírse, que las historias curiosas, con muchos kilómetros por medio y con alguna que otra locura no las inventó Bill Gates. Antes de que existiera el Chat, los demás también sabíamos hacer tonterías y complicarnos la vida. Rebuscaba en los cajones de la parte izquierda mientras concluía el monólogo. La poca luz retrasó la tarea, pero al fin, con gesto triunfante colocó sobre la mesa el libro que andaba buscando. Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez, leyó en la portada. Era una edición corriente, pequeña pero tampoco de bolsillo. Se veía vieja, con las páginas tornando ese amarillo que solo se distingue al compararlo con el blanco, y los bordes de las tapas verdes gastados por el uso. Ese libro tenía algo especial para él, incluso desde la primera vez que lo tuvo entre sus manos, antes de que su vida empezara a girar entorno a la historia que surgió de sus adentros. Lo encontró un domingo entre los puestos del rastro de Madrid. Estaba haciendo una de sus visitas relámpago a aquella ciudad, huyendo un poco del norte, buscando entre sus calles alguna respuesta aunque desconocía cual era la pregunta adecuada. Se acercó a los puestos que subían la calle arriba sin intención de comprar, pero uno de los libros usados fue superior a sus fuerzas. El libro, que él aún no había leído, parecía que estaba allí, oculto entre los montones de papeles, esperando a que apareciera. No lo abrió hasta que llegó a la pensión Huertas, cerca de Atocha, donde había alquilado una habitación. Comenzó a leerlo tumbado sobre la cama, pero se abandonó pronto al sueño porque al día siguiente debía madrugar para tomar el autobús de vuelta. Fue en su ciudad, en su casa, donde descubrió la pequeña marca que el libro tenía en una de sus páginas, ligeramente abultada como si hubiera algo dentro. Lo abrió por allí y se encontró con un marca páginas de cartón y color naranja intenso. Sonrió al preguntarse de quién sería, fijándose por ver si la página señalada tenía algo en especial. La leyó, pero no descubrió nada. Ninguna anotación o marca. Iba a apartar la cartulina naranja, para no confundirse con la página que él había señalado para continuar la lectura, cuando descubrió que por el otro lado había algo escrito. Era una letra menuda, azul y algo difusa sobre el cartón. Pluma, pensó mientras se acercaba para descifrar las palabras escritas. Fue sencillo porque era perfectamente legible: “... en cualquier lugar que estuvieran recordarán siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera...”. Sintió un escalofrío. No sabía si por lo que acababa de leer o porque alguien lo hubiera escrito en aquel marca páginas que ahora él tenía entre sus manos. Estaba copiado de las páginas de libro. Lo descubrió algún día más tarde, según lo fue leyendo y repitiendo mentalmente porque, para entonces, aquellas líneas ya formaban parte de si. Demasiado triste, demasiado bonito, pensó. En la parte inferior, acompañado de un dibujo abstracto en negro, el nombre de un bar y su ciudad. El Ahorcado Feliz, Cartagena. No recordaba muy bien lo que pasó en los siguientes días, aparte de que engulló el libro como si le fuera la vida en ello. Esas frases, el nombre del bar, se habían convertido en una obsesión de la que no podía y quería escapar. Pero, sobre todo lo demás, le intrigaba pensar en la mujer que las había copiado, porque estaba seguro que había sido una mujer, aunque desconocía el motivo de tal certeza. ¿Por qué esas palabras? ¿Cómo lo había olvidado allí antes de desprenderse del libro, si es que había sido un olvido? A falta de respuestas, usó la imaginación, pensando mil situaciones e historias. También, de vez en cuando, cuando recuperaba un poco la cordura, se preguntaba qué demonios hacía dándole tantas vueltas a esa tontería. Casualidades, destino... se reía cuando le pasaban por la cabeza tales ideas. Pero, por lo visto, la risa no fue suficiente. A los pocos días se encontró a si mismo, conduciendo hacia el sur, tragándose los novecientos kilómetros que le separaban de Cartagena y de aquel breve texto escrito en un marca páginas. Durante el viaje fue cambiando de humor. Alternaba el rostro y la voz que había imaginado para ella con los cabezazos contra el volante por la tremenda estupidez que estaba haciendo. Pasado Madrid, cuando las rectas se hicieron más largas y el sol estaba en el centro del cielo, sintió ganas de entrar en razón y dar media vuelta. Pero no pudo o no quiso. Cinco horas más tarde, cansado, con un ridículo hormigueo por todo el cuerpo y demasiadas preguntas pendientes, enfiló la carretera que desde la autopista bajaba hacia Cartagena. Cerró la ventanilla huyendo del olor de las industrias de afuera y siguió recto, semáforo tras semáforo, hacia el puerto. Recostado en el asiento, suspirando y con ganas de despertarse de nuevo en su cama. Olvidarlo como si fuera un sueño muy extraño. De todos modos, ya que estaba allí, no se iba a quedar con ganas de visitar aquel famoso bar y ponerle de una vez forma y color. Igual era como lo imaginaba. Preguntó a un par de chavales por el lugar y tras varias pérdidas por las milenarias calles de aquella ciudad impregnada de encanto en todos sus rincones, aparcó frente a una pared oscura, con un letrero metálico donde se veía un monigote ahorcado que sonreía. Estaba bastante oscuro dentro. Echó un rápido vistazo pero había tantas cosas por mirar que no pudo retener ningún detalle. Por todas partes se distinguía el brillo de velas encendidas que desprendían un olor muy agradable. La música era muy suave, con una trompeta de fondo y la voz de una mujer que de repente se quebraba, como si quisiera gritar. Creyó reconocer la banda sonora de alguna película, pero no estaba muy seguro. Pidió un café con leche, que la camarera acompañó con una sonrisa y una chocolatina, y se fue a sentar en una de las mesas. Desde allí pudo observar con calma el singular sitio. Las paredes estaban cubiertas de papeles de periódicos unidos con cola. No había dos sillas iguales y todas parecían muy viejas, rescatadas de algún rastro y convertidas en una forma curiosa de decoración. Las mesas, metálicas y redondas, con dibujos de periódicos muy antiguos. El suelo estaba formado por un curioso puzzle de baldosas rotas y en el centro un agujero totalmente oscuro. Las únicas ventanas eran siete vidrieras alargadas y estrechas, sacadas de una iglesia. Del techo, abombado con enormes alfombras, colgaban cadenas que terminaban en unas lámparas redondas con cuatro bombillas que no podían con la penumbra. Sobre la barra se inclinaban tres grandes espejos, junto a un retrato muy viejo de una pareja, colocado a la derecha de las dobles puertas que hacían de entrada y salida. Le gustaba el lugar, concluyó tras los minutos de metódico análisis. Igual resultaba que había merecido la pena el viaje solo por ver aquello. Mientras intentaba consolar aquellos pensamientos y la voz que cantaba lanzaba los últimos lamentos, su mirada se desvió hacia un sofá rojo colocado junto a la pared. Allí, sentada sola frente a una mesa y una taza de café vacía, una mujer fumaba y escribía con pluma sobre un posavasos. En el extremo del la mesa un libro amenazaba con caerse. Yo no pudo apartar la mirada de allí. Nunca buscaron explicaciones, porque, entre otras cosas, no las había. Solo sabía que aquella mujer había escrito antes sobre un marca páginas olvidado en los Cien Años de Soledad que él tenía entre sus manos y que el habían llevado hasta allí buscando dios sabe qué. La misma mujer que ahora, tres años después, yacía en la cama a sus espaldas, dormida y hermosa, mientras el rescataba aquella historia sin demasiado sentido. Sonrió antes de volver junto a su cuerpo, acurrucado entre mantas, al recordar las primeras palabras que cruzaron, cuando él caminó hasta el sofá rojo, y, extendiendo el libro, dijo, “creo que esto es tuyo”.
Bilbao – Murcia Abril 2000 Paris Julio 2000 Autorrechazo - Jorge Bucay
Estaba allí desde el primer momento, en la adrenalina que circulaba por las venas de tus padres cuando hacían el amor para concebirte, y después en el fluido que tu madre bombeaba a tu pequeño corazón cuando todavía eras sólo un parásito.
Llegué a ti antes de que pudieras hablar, antes aún de que pudieras entender algo de lo que los demás te decían. Estaba ya, cuando torpemente intentabas dar tus primeros pasos ante la mirada burlona y divertida de todos. Cuando estabas desprotegido y expuesto, cuando eras vulnerable y necesitado.
Aparecí en tu vida de la mano del pensamiento mágico; me acompañaban… las supersticiones y los conjuros, los fetiches y los amuletos… las buenas formas, las costumbres y la tradición… tus maestros, tus hermanos y tus amigos…
Antes de que supieras que yo existía dividí tu alma en un mundo de luz y uno de oscuridad. Un mundo de lo que está bien y otro de lo que no lo está.
yo te traje tus sentimientos de vergüenza, te mostré todo lo que hay en ti de defectuoso, de feo, de estúpido, de desagradable.
Yo te colgué la etiqueta de “diferente”, cuando te dije por primera vez al oído que algo no andaba del todo bien en ti.
Existo desde antes de la conciencia, desde antes de la culpa, desde antes de la moralidad, desde los principios del tiempo, desde que Adán se avergonzó de su cuerpo al notar que estaba desnudo… ¡y lo cubrió!
Soy el invitado no querido, el visitante no deseado, y sin embargo soy el primero en llegar y el último en irme. Me he vuelto poderoso con el tiempo escuchando los consejos de tus padres sobre cómo triunfar en la vida.
Observando los preceptos de tu religión, que te dicen qué hacer y qué no hacer para poder ser aceptado por Dios en su seno. Sufriendo las bromas crueles de tus compañeros de colegio cuando se reían de tus dificultades. Soportando las humillaciones de tus superiores. Contemplando tu desgarbada imagen en el espejo y comparándola después con las de los “famosos” que salen por televisión.
Y ahora, por fin, poderoso como soy y por el simple hecho de ser mujer, de ser negro, de ser judío, de ser homosexual, de ser oriental, de ser discapacitado, de ser alto, bajito o gordo… puedo trasformarte en un montón de basura, en escoria, en un chivo expiatorio, en el responsable universal, en un maldito bastardo desechable.
Generaciones y generaciones de hombres y mujeres me apoyan. No puedes librarte de mí.
La pena que causo es tan insostenible que para soportarme deberás pasarme a tus hijos, para que ellos me pasen a los suyos por los siglos de los siglos.
Para ayudarte a ti y a tu descendencia me disfrazaré de perfeccionismo, de altos ideales, de autocrítica, de patriotismo, de moralidad, de buenas costumbres, de autocontrol.
La pena que te causo es tan intensa que querrás negarme y, para eso, intentarás esconderme detrás de tus personajes, detrás de las drogas, detrás de tu lucha por el dinero, detrás de tus neurosis, detrás de tu sexualidad indiscriminada. Pero no importa lo que hagas, no importa donde vayas. Yo estaré allí, siempre allí. Porque viajo contigo día y noche sin descanso, sin límites.
Yo soy la causa principal de tu dependencia, de la posesividad, del esfuerzo, de la inmoralidad, del miedo, de la violencia, del crimen, de la locura.
Yo te enseñé el miedo a ser rechazado y condicioné tu existencia a ese miedo. De mí dependes para seguir siendo esa persona buscada, deseada, aplaudida, gentil y agradable que hoy muestras a los demás. De mí dependes porque soy el baúl en el que has escondido aquellas cosas más desagradables, más ridículas, menos deseables de ti mismo.
Gracias a mí has aprendido a conformarte con lo que la vida te da, porque, después de todo, cualquier cosa que vivas será siempre más de lo que crees que mereces.
Has adivinado, ¿verdad?
Soy el sentimiento de rechazo que sientes hacia ti mismo.
Recuerda nuestra historia…
“Todo empezó aquel día gris en que dejaste de decir orgulloso: ¡YO SOY! Y, entre avergonzado y temeroso, bajaste la cabeza y cambiaste tus palabras y actitudes por un pensamiento: YO DEBERÍA SER…”
12月19日 Comando CTGracias al comando cartagena (como denominó Zufo en una dedicatoria) por una noche fantástica que no será la última pero que anuncia el fin de una etapa de mi vida en la región. Besos a todos y cada uno de vosotros/as, nos vemos pronto. |
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